Muerte, perros salvajes, guerra, cuerpos carzonizados, palizas, miedo, vehículos calcinados, hambre, explosiones, sed, sangre coagulada, odio, golpes, fuego, disparos, calor, piojos, cadáveres, heridas abiertas, violaciones, munición.
Arkadi Babchenko tenía 18 años cuando estaba haciendo el servicio militar, y se presentó voluntario para hacerlo en Chechenia. Sus vivencias en las 2 ocasiones que estuvo allí (una durante el servicio militar, la otra como voluntario tras licenciarse) las ha reflejado en su libro La guerra más cruel (Galaxia Gutemberg, 2008).
Babchenko, que en la actualidad es corresponsal de guerra en el periódico Новая Газета, explica con un estilo directo la crueldad de una guerra que nadie, ni siquiera los oficiales bajo los cuales combatía, entendían. La brutalidad de un ejército en descomposición, como era el ruso en los años 90, lo describe Babchenko con toda su crudeza. Las palizas que recibían de sus superiores y de los veteranos (los cuales a su vez eran golpeados por otros mandos), la falta de instrucción militar, y el compañerismo y la amistad como única válvula de escape frente a esta situación conforman la primera parte del libro.
En su segunda parte, la tensión por morir, por recibir un tiro, con las noticias de las atrocidades cometidas por el bando checheno y la confirmación de las cometidas por los propios rusos forman parte del hilo narrativo. El estilo cambia, y Babchenko narra en tercera persona lo sucedido durante la masacre de Alan Yurt, y los primeros dilemas morales a los que se enfrentaba al inculparse de la muerte de una niña de 8 años.
Una tercera parte, ya al final del libro, nos presenta a un Babchenko ya periodista, que nos recuerda algunos sucesos de la guerra, miserables unos, otros heroicos, a través de entrevistas realizadas a veteranos de la misma guerra en la que él combatió.
El libro tiene pocos párrafos donde se denuncia expresamente la situación: son los propios sucesos los que hacen esta función. Es difícil intentar explicar algo cuando la propia narración se encarga, con toda su crudeza, de hacerlo. Tampoco es una obra donde el autor se recree en lo escabroso. La lectura del libro no produce rechazo en ningún momento, no se utiliza el morbo como reclamo para el mismo.
Shárik vino a nosotros cuando sólo nos quedaban provisiones para dos días. Era un perro muy bonito, de mirada inteligente, pelaje suave y cola en forma de anillo. Tenía unos ojos impresionantes; uno era anaranjado y el otro verdoso. Estaba bien alimentado, pero no tanto como los perros de Grozni: éstos comen restos humanos que encuentran entre los escombros y están totalmente idos. Su psique no ha soportado tanto horror. Sin embargo, aquel perro era bueno.
Le advertimos de lo que iba a pasar. Le hablamos como si fuera una persona, y daba la sensación de entenderlo todo. De hecho, aquí en la guerra parece que todos te puedan comprender, sea una persona, un perro, un árbol, una piedra o un río. Es como si todos tuvieran alma. Cuando cavas una trinchera con tu pala en una superficie llena de barro y piedras hablas con el suelo, como si fuera un ser querido: «Vamos, amiguito, una palada más, un poquito más y ya estaremos…». Y el suelo cede ante ti, te entrega una parte más de sí, y vas penetrando en él. Aquí, todo y todos parecen comprender cuál es su destino y qué va a ser de ellos. Y hacen su elección: dónde crecer, por dónde fluir, cómo morir…
No tuvimos que hacerle entrar en razón, con una palabra todo quedó claro. Le volvimos a advertir; lo comprendió y se marchó. Pero más tarde regresó, porque quería estar junto a nosotros. Él fue quien tomó aquella decisión, nadie le obligó.
Al quinto día se nos acabó la comida. Pudimos aguantar un día más gracias a la carne de vaca que nos habían dado los del decimoquinto regimiento, que estaba desplegado cerca de nosotros. Cuando la terminamos, ya no nos quedaba nada más para comer.
-Yo lo despellejo si alguien lo mata -dijo nuestro cocinero Andriuja acariciando a Shárik detrás de la oreja-. Pero no quiero matarlo, me gustan mucho los perros y los demás animales.
De hecho, nadie quería hacerlo, y aguantamos un día más. Durante todo aquel tiempo, Shárik estuvo echado a nuestros pies, escuchando las discusiones sobre quién iba a acabar con su vida. Finalmente, Andriuja se decidió a hacerlo. Llevó al perro a un río y le disparó en el cogote. Murió en el acto, al primer disparo, ni siquiera aulló. Andriuja colgó el cuerpo despellejado de una rama; Shárik estaba bien cebado y tenía mucha grasa en los costados.
-Hay que cortársela, es muy amarga -dijo Andriuja.
Corté la grasa y después la carne, que todavía estaba caliente. La cocimos bien en un puchero durante dos horas y después la estofamos con algo de ketchup que teníamos. Nos quedó deliciosa.
A la mañana siguiente nos llegaron las provisiones.
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